Altillo N° 18

Nosotras convivimos en este altillo: las siete tenemos este lugar para estar. Estamos contentas porque es un buen lugar. Hay siete colchones, dos con las camas y otros que ponemos a la noche y sacamos a la mañana. Hay una ventana con una vista linda al valle. El techo cae en diagonal y las cuatro paredes son blancas.
Somos siete que vamos y venimos: a veces nos encontramos y otras veces nos desencontramos, cosa esperable siendo siete en un altillo. Una tarde nos preguntamos cómo sería nuestra vida vista desde afuera, cómo sería ver la vida de nosotras siete conviviendo acá. La que sabe de fotografía sacó algunas fotos para poder vernos desde afuera: pero era una vida quieta y queríamos ver el movimiento. Entonces a otra de nosotras se le ocurrió llamar a siete actrices para que hicieran de nosotras. Así íbamos a poder vernos. Nos pareció una buena idea. 
¿Qué era esto? ¿Una expresión de narcisismo colectivo? ¿La curiosidad antropológica de nosotras mismas? ¿Cierta inclinación por poner dispositivos en práctica? Vimos que las palabras que usábamos tenían una rigidez de vitrina, y desistimos de buscarle una explicación al juego de vernos desde afuera. 
Las siete actrices que iban a hacer de nosotras estuvieron de acuerdo en que les pagáramos un poco con dinero, otro poco con trabajo y otro poco con pan. 
Nos pusimos las siete en un costado, con cuidado de no caernos por el agujero cuadrado en el piso por el que se entra al altillo, y empezamos a mirar. Ahí estábamos las siete, que ya no éramos nosotras sino que eran ellas. Estábamos las siete de pie, mirándonos de frente a nosotras las preexistentes, y nos dijimos: somos nosotras, las siete del altillo, las que fuimos llegando acá. 
Estaba la que se levanta temprano a hacer el pan, y estaba la que lee libros de ingeniería, estaba Cactus, había una que escribía en un cuaderno algunas cosas que iban pasando, y otra chica que hacía chistes, y una que sabía de fotografía, y otra que pintaba.
¿Me correspondía escribir que había siete actrices interpretando nuestra vida cotidiana, o la tarea de escribir pasaba a tocarle a ella, la que hacía de mí? La que estaba al lado mío no supo contestarme, o no quiso. En el altillo ya no éramos siete sino catorce, y por momentos dejábamos de saber si la que estaba ahí era la que hace el pan, o si era la actriz que interpretaba a la que hace el pan, o si simplemente a partir de ese momento había dos que hacen el pan en lugar de una.
El altillo era éste y era aquél; si había dos altillos, estaban adentro de las mismas paredes. 

ED 136 - 16/08/17