Altillo N° 2




Tal vez sea cierto que las cuatro paredes blancas no aseguran nada. Alguien podría decir,
mirando alrededor nuestras cuatro paredes: éste es un espacio centrado, las paredes blancas son paredes livianas. Este altillo se muestra despojado. A pesar de lo que se ve, nosotras creemos que todavía guarda algún desequilibrio. Un desequilibrio que parece reposo.
Estoy de pie, tengo los dos pies en el suelo de este altillo, y ése es el marco de una ventana. Eso digo o a lo mejor pienso ante de sentarme. Me siento, miro el espacio que se ve blanco y después escribo. 
Este altillo continúa desequilibrado: a lo mejor ya no se sobrecarga, pero en cambio se descarna, y muestra sus propios huesos al aire. Hay cuatro paredes blancas como cuatro huesos pelados: cuatro húmeros, cuatro tibias, cuatro clavículas. 
-No será como andar con la carne al aire, pero tampoco es fácil vivir llevando los huesos limpios.
Eso dice o a lo mejor piensa una de las otras que también viven acá. O lo va diciendo al mismo tiempo que lo va pensando. Y mientras lo dice, se despereza. 
Ya éramos dos viviendo abajo de este techo que parece que se cae pero se queda inclinado. Durante un tiempo fuimos dos y desde hace un tiempo somos varias. 
Ninguna de nosotras asegura qué pasaría con este altillo si en lugar de escribirlo lo bailáramos, qué pasaría si el ritual de este altillo, que ahora es blanco, no pudiera trasladarse a algún sonido. No hay manera: los huesos fueron los primeros instrumentos. Los huesos hacen ruido cuando se entrechocan.
Eso no sé quién lo dice, pero me interrumpo y ya no escribo sobre el altillo de paredes blancas. Miro por la ventana. Tengo la precaución de cronometrar ese tiempo y después registro la falta de registro. Anoto en un margen que de los últimos dieciséis minutos, veintiocho segundos, no ha quedado registro alguno.

ED 120 - 19/04/17