Altillo N° 20

Las siete actrices que hacían de nosotras seguían ahí: paradas adelante de la ventana, un poco a contraluz. Se nos había ocurrido llamarlas para poder ver nuestras vidas desde afuera. El altillo de paredes blancas no es muy grande, y si ya había poco lugar para nosotras siete, mucho menos lugar había para las catorce que éramos ahora. Nos mezclábamos y nos confundíamos a la que hace el pan, con la que hacía de la que hace el pan. Entonces nos paramos nosotras siete más acá y las siete actrices más allá. Pero ser espectadoras de una imitación de nuestras vidas no nos daba la distancia suficiente como para poder ver nuestras vidas desde afuera.
Entonces se nos ocurrió que podíamos bajar nosotras siete por el agujero cuadrado en el piso, quedarnos un rato en la planta de abajo, y después ir asomándonos de a una. Eso es lo más parecido a ver nuestras vidas desde afuera que podemos llegar a hacer, dijo una de nosotras. Y argumentó que así veríamos el altillo de paredes blancas, con el techo en diagonal, y a nosotras siete viviendo ahí. 
Fuimos bajando a través del agujero cuadrado en el piso y las actrices aprovecharon para repasar sus papeles.
El lugar por donde transitamos para ir y venir no tiene cuatro paredes blancas como nuestro altillo. Tampoco tiene una ventana con vista al valle; ni siquiera una ventana que dé a una pared, como las que hacen para ventilación en algunos edificios. Este lugar de tránsito es angosto, y está delimitado por un tabique lateral, que lo separa de la parte a la que no tenemos acceso. 
Ahí estábamos las siete. Algunas de nosotras fueron pasando para ver el altillo. Subían de a una por la escalera vertical, se asomaban a través del agujero cuadrado, permanecían en la luz del techo. Para las que estábamos abajo, desaparecía una parte de sus cuerpos a través de ese cuadrado: sus brazos ya no los veíamos, ya no veíamos parte de sus torsos, tampoco podíamos ver sus rostros. A las que estábamos abajo nos llegaban las voces de las que hacían de nosotras.
Cuando me tocó a mí dejé el cuaderno apoyado en el suelo, subí por la escalera vertical y me asomé por el agujero cuadrado en el techo. Nunca me había quedado mucho tiempo mirando el altillo desde ese lugar; solamente de pasada, cada vez que entraba o que salía, cada vez que subía o que bajaba. Asomada por el agujero cuadrado, tenía el piso muy cerca de la vista. Las líneas de los tablones marcaban un punto de fuga que llevaba hasta las siete del altillo paradas allá, adelante de la ventana. Las veía magnificadas, yo desde acá abajo y ellas, las siete que hacían de nosotras, allá arriba. Las cuatro paredes blancas volvían a hacerme un efecto raro en la vista. Otra vez, parecía que el blanco de las paredes borraba un poco.
Bajé de la escalera diciéndoles algo de eso a las otras seis; algo como que la vista no se me acostumbraba al blanco. Bajaba despacio, porque bajar me costaba más que subir: había subido mirando para adelante y ahora bajaba la escalera vertical yendo para atrás. 
Ninguna de las seis me decía nada, ni siquiera la que hace chistes. Apoyé un pie en el suelo y después el otro, y cuando me di vuelta vi que en este lugar angosto no había nadie. Las seis que viven conmigo no están, escribí. Llegan desde arriba las voces de las siete que hacen de nosotras. 

ED 140 - 13/09/17