Altillo N° 21




Me quedé sola acá abajo, en este lugar angosto que transitamos para ir y venir del altillo. Cuando escribí que me quedé sola, en realidad o al mismo tiempo quería decir que las seis que viven conmigo no estaban. Habíamos bajado las siete por la escalera vertical, para poder ver mejor la interpretación que hacían siete actrices de nuestras vidas, siete actrices que habíamos llamado para que hicieran de nosotras, y así poder vernos desde afuera. 
Por eso bajamos. Después, de a una, fuimos asomándonos por el agujero cuadrado en el techo, asomándonos a la vez por el agujero cuadrado en el piso de arriba, y miramos a las siete que habían quedado en nuestro lugar. Me tocó a mí. Subí, miré, y cuando volví a bajar la escalera vertical, vi que la seis que viven conmigo ya no estaban. 
Me llegaban desde arriba algunas palabras familiares en las voces de las siete actrices que hacían de nosotras. Una dijo que las paredes blancas parecían cuatro huesos limpios. Un cúbito, un húmero, un peroné y una tibia. O cuatro clavículas. A lo mejor esperaban que alguna de nosotras volviera a asomarse para ver. A lo mejor estaban a la expectativa.
Miro este lugar angosto como un pasillo, acá donde me quedé sola; aunque ya lo conozco, lo miro. No tiene cuatro paredes blancas y no hay ninguna ventana. Es diferente del atillo, y eso que no es tan lejos: es casi el mismo lugar, porque queda justo en la parte de abajo. Este tabique de terciado hace que el espacio sea angosto, y demarca el lugar de tránsito. 
Eso anoté en mi cuaderno. Después me asomé afuera, para ver si alguna de las seis andaba por ahí. Caminé un poco entre los espinillos y los molles. Volví adentro, llegué a la escalera vertical, subí otra vez al altillo. 
Las siete actrices tampoco estaban. Se aburrieron de hacer de nosotras, se cansaron de que nadie las mirara, se fueron mientras estuve afuera o se descolgaron de a una por la ventana, pensé, y lo dije en voz alta aunque no había nadie que me escuchara. Sí estaban las cuatro paredes blancas, estaba el techo en diagonal, estaba la mesa, había siete colchones, dos con sus camas, y estaba la ventana con la vista al valle. 
La vida en el altillo sigue bastante tranquila. Leo los libros de ingeniería, hago chistes, pinto, escribo, amaso el pan. Descanso un rato mirando el techo en diagonal. Hablo en voz alta y me pregunto por la fuerza que hará falta para sostenerlo. 


ED 139 - 06/09/17