Altillo N° 22

Una tarde que bajamos las siete por el agujero cuadrado en el piso, escribí que las seis que viven conmigo ya no estaban: ni en el lugar angosto que transitamos para ir y venir, ni entre los espinillos y los molles. Cuando volví a subir al altillo tampoco había nadie. 
Es la primera vez que me quedo un tiempo sola desde que vivo acá. Fuimos dos unos meses y después fueron llegando las otras cinco, hasta ser las siete que somos ahora. 
Sentada en la mesa, miro. El límite de la ventana marca el inicio del paisaje: como si el mundo entero transcurriera a esta altura, como si el nivel de la tierra fuera éste, el de las cosas que se ven a través de la ventana. Este altillo parece un barco en el agua, pienso mientras miro. Es un espacio blanco, casi suspendido. 
Este espacio como un mandala mínimo, despojado del dibujo reconocible pero hecho de ciertas repeticiones que le dan forma. Repeticiones como las que hay la estructura de un ser vivo y en la señal de una alarma, y en la vibración de un cartel luminoso que hace falso contacto, y en el led que falla en la pantalla gigante, y en la pantalla pequeña que duerme al lado de mi cama, y en el gif animado que da la bienvenida a una página web. 
Sigo sin saber por qué estoy sola en el altillo. 
Me levanto y sacudo los colchones, acomodo los libros de ingeniería, amaso el pan.
Así la insistencia que le va dando forma a este altillo. Como el perro que salta una vez para cazar una mosca, y salta otra vez para cazar otra mosca. Como peinarse y peinarse, como barrer y barrer. Como agarrar una pala, salir afuera y cavar y cavar y cavar, y seguir cavando sin saber exactamente cuál es la medida que tiene un pozo para ser pozo.

ED 140 - 13/09/17