Altillo N° 5

Aunque ya no se sobrecarga, este altillo se descarna, y muestra sus propios huesos al aire. A pesar de su condición anterior de espacio abigarrado, parece despojado. Vivimos en el medio de cuatro paredes blancas como cuatro huesos limpios: cuatro húmeros, cuatro tibias, cuatro clavículas. Algunas de las siete que somos ahora, buscaron gráficos de esos huesos, en libros y en internet, y después los vimos las siete juntas: representaciones con cuatro vistas de un húmero, de una tibia, de una clavícula, y muchas flechas con los nombres de las partes. Queríamos saber si había o no había cosas en común entre los huesos y nuestras paredes. 
Vimos que el húmero y la tibia son bastante parecidos entre sí, pero en sus formas se nota
que cargan pesos distintos; el húmero es del brazo, la tibia es de la pierna y es más morrocotuda. Creemos posible que las paredes soporten pesos diferentes: eso lo dijo una de las otras seis, que estudió ingeniería. La clavícula es bien distinta de los otros dos huesos, es mucho más chiquita; la forma es casi como una letra “ese” pero acostada, y un poco estirada. No tenemos una pared así, con la forma de la clavícula. La más parecida es la pared donde está la ventana recortada como una muesca. Pero es un parecido un poco forzado. 
Los huesos no son como un plástico ni como un acetato: los huesos son porosos, tienen marcas, tienen dibujos como líneas y también algunas fisuras. 
Como sea que sea, el espacio se muestra despojado, con cuatro paredes blancas. Aunque a veces el blanco distorsione más de lo que aclara, aunque a veces las imágenes puedan confundirse adentro de este altillo: nosotras sí estamos acá. El blanco no nos borra. Habitamos este espacio. Vamos y venimos, salimos y volvemos a entrar. Una de las otras seis, que llegó la primera vez al altillo con su canasta de pan, hornea temprano y sale a vender, y después vuelve: eso escribo, por dar un ejemplo. 
A veces conversamos entre las siete y volvemos a llegar a la conclusión de que el blanco de las paredes no asegura nada. Creemos que el espacio se acuerda de su condición anterior de sitio abigarrado. Vemos que nuestras paredes tienen varias marcas, igual que los huesos que vimos en las representaciones. 
Como el blanco no asegura nada, elegimos imprimirle por encima otro blanco: uno que se hace visible, una señal que nos hace reconocer que el blanco no borra. Entonces decimos que el blanco es blanco, y también puede ser blanco. Nos vamos de este altillo y volvemos, merodeamos alrededor de las palabras.

ED 123 - 10/05/17