Altillo N° 6

Mirá, mirá lo que hay ahí, dijo una de las otras seis, a otra de las otras seis que estaba
sentada al lado suyo: y cuando dijo mirá, fue como si nos hubiera dicho a todas que miremos. Este altillo no es muy grande y cada vez que hablamos es como si habláramos para todas. Una estaba sentada al lado de la ventana, otra leía sus libros de ingeniería, otra estaba horneando el pan. Entonces ella dijo mirá y todas vimos, menos una que dormía. La que había hablado señalaba la pared enfrente de la ventana, la que estaba al lado suyo miraba, yo dejé de escribir lo que pasaba y miré.
En la pared blanca había algo que se movía. No era un animal, no tenía materia: era una imagen chiquita, azul rojiza un poco traslúcida en el blanco. La imagen chiquita revoloteaba por nuestra pared blanca, en un vaivén cortito y medio desordenado. Seis de las siete, porque la séptima dormía, seguimos el recorrido de la manchita de colores por esa pared que ahora era una pantalla blanca. 
Una de las otras seis se acordó de otra habitación que también era una pantalla. Era el cuarto de juegos de un cuento de Bradbury. Las paredes recreaban con crudeza lo que le pedía el pensamiento, y la chica y el chico de diez años se empecinaban con la sabana africana, con leones y con carne. 
Así que una de las otras seis pensó otra cosa para nuestra pared blanca. Pero la manchita azul rojiza seguía ahí, igual de torpe y de indecisa. 
Entonces otra de las otras seis dijo algo de una isla perdida, y de un hombre que había inventado un proyector que reproducía en la eternidad aquello que grababa. A lo mejor la manchita no estaba en nuestra pared y era la réplica ad eternum de una cosa que alguna vez había estado ahí.
También había algo de una línea que se escapaba de una carta en una mesa, línea que atravesaba la ciudad y el puerto hasta llegar a esconderse en la mano de un suicida. Eso lo dijo otra de las otras seis, y siguió diciendo que a lo mejor esa línea se había desviado hasta nuestro altillo, y tomaba esos colores y esa forma. Después dijo que el pan se quemaba. 
La imagen chiquita azul rojiza seguía revoloteando por nuestra pared blanca. Íbamos pensando cosas y decíamos cosas entre seis, porque la séptima seguía durmiendo. En realidad había otra que tampoco decía nada: era la que estaba sentada al lado de la ventana. La miré y vi que miraba un cuerpito gris con alas que volaba del lado de afuera, recortado por el contraluz.
No sé si tenía algo que ver eso. Pero al rato la manchita de colores se fue. Y seis de las siete nos pusimos a hacer otras cosas, menos la séptima, que siguió durmiendo.

ED 124 - 17/05/17