Altillo N° 8

Pensamos que los lugares, cualquier ciudad, un pueblo mediano, el lecho de un río, no son solamente los lugares, esa ciudad, ese pueblo mediano. Los lugares, sobre todo, son los lugares que hay en cada lugar: y en eso las siete estuvimos de acuerdo. Los lugares de los lugares son los que hacen al lugar, volvimos a afirmar. Es como ir a una plaza y sentarte en el banquito donde pega el sol. Nosotras siete tuvimos la suerte, digamos fortuna; digamos que fue un poco la mano del azar. Las siete fuimos cambiando de lugares hasta llegar a convivir acá. Encontramos el camino, que trae a la casa, que tiene este altillo en la parte de arriba. 
Como el altillo no es muy grande a veces tenemos que ponernos de acuerdo. Si queremos pasar por el agujero cuadrado en el piso que es agujero cuadrado en el techo de abajo, no podemos pasar al mismo tiempo, una de abajo y otra de arriba. También tenemos que ponernos de acuerdo porque tenemos una sola mesa, y hay momentos en los que una quiere leer sus libros de ingeniería y otra quiere amasar el pan. Yo a veces cedo mi turno para usar la mesa. Tengo cuadernos para escribir y no necesito sentarme en la mesa todo el tiempo. Puedo apoyar los cuadernos en mi rodilla o en cualquier otro lado. 
Cuando la luna empieza a menguar, parece que las paredes blancas iluminan un poco. Acá
adentro podemos ver, incluso en noches cerradas de luna nueva. No hace falta prender la luz. Por eso llegamos a creer que las paredes tienen cierto resplandor. Cuando entra la luz de la luna llena por la ventana, el resplandor no se nota tanto. La luz de las paredes nos viene bien, justamente porque este altillo no es muy grande, y cuando dormimos ocupamos casi todo el espacio. Si no viéramos nada sería difícil caminar entre las demás, podríamos patear un pie por afuera de un colchón, podríamos pisar una mano que descansa. 
El resplandor de las paredes recorta las siluetas dormidas. Una que no tiene sueño se levanta, camina con cuidado entre las otras, va hacia el marco de la ventana. 
En realidad, la que escribe supone que la otra ve, porque camina sin tropezarse. 
Podría incluir, como una nota al pie o un paréntesis, que nada de esto quita el hecho de que, a veces, sentimos que el blanco nos hace un poco mal a los ojos, como si las paredes blancas distorsionaran más de lo que aclaran. 
Podría incluir también una nota de la nota al pie que diga así: “El resplandor de las paredes vuelve a demostrar que el blanco no nos borra”.

ED 126 - 31/05/17