Altillo N° 23

Las seis que viven conmigo volvieron al altillo después de varios días: me levanté temprano, hice el pan y al rato llegaron las seis juntas. Me puse contenta de verlas, además ya estaba un poco aburrida de vivir entre las paredes blancas, y otro poco cansada de hacer sola todas las cosas que hacemos en este altillo. Ellas dijeron que la habían pasado bien. Parecían seis arbolitos con poca agua. Me contaron una historia con caballos. 
Yo había dejado de verlas esa tarde que bajamos, las siete juntas, al espacio angosto que transitamos para ir y venir del altillo, cruzando el agujero cuadrado en el piso. Me dijeron que mientras yo no las veía, habían pasado seis personas que iban a caballo, y que viajaban a la casa de una tía de alguien en una montaña. Las seis se subieron a los caballos, algunas más cerca de las grupas y otras tomaron las riendas. Las doce personas en los seis caballos desandaron el sendero que trae a la casa donde está el altillo.

Después siguieron un camino un poco áspero, un poco pedregoso, que se deslizaba abajo de los cascos de los caballos. Parecía que el que sabía por dónde ir era uno grandote, que era el que tenía la tía con la casa. En algunos tramos rectos podían cabalgar, entonces los cascos de los caballos resonaban más. Uno de los hombres les iba contando cosas de la casa de la tía del grandote, aunque en algunos momentos no escuchaban lo que decía; sobre todo cuando los caballos cabalgaban y era más fuerte el ruido de los cascos que cualquier voz. Ellas les contaban cosas del altillo, de la ventana que da al valle, de las cuatro paredes blancas. Las seis veían arriba el cielo celeste y algunas nubes blancas finitas, como los hilos de un trapo desgarrado. A veces aparecían entre los arbustos unas montañas como una silueta inventada allá en el horizonte. La que pinta dijo que parecían un papelito recortado con una tijera y acuarelado de celeste. Después el grandote que tenía la tía con la casa dijo, Llegamos, y se bajaron las doce personas, las seis que viven conmigo alimentaron a los caballos y los dejaron descansar.
A mí me sonaba un poco a las historias que les cuentan a los niños cuando se les muere el gato. Igual estaba contenta, así que hice té de cardamomo para las siete que vivimos acá. Traje miel y puse en la mesa el pan que había amasado temprano.

ED 142 - 04/10/17