Altillo N° 25



Hubo una noche que nos sentamos en círculo y contamos historias: y después hubo otra noche que también nos sentamos en círculo. Había venido temprano el hombre que vive abajo: no en el espacio angosto que nosotras transitamos para ir y venir, sino en el lugar que está al lado, separado con un tabique de madera terciada. El dueño había venido a decirnos algo y nosotras teníamos que decidir qué hacíamos. 
Y las siete decidimos que no, que ésta es nuestra casa. Dijimos que no queremos cosas enquistadas, porque no tenemos bisturí para sacarlas. 
Cuando estábamos las siete sentadas había empezado a hablar la que amasa. Yo recién llegaba de vender el pan, dijo. Dejé la canasta en la mesa y el hombre que vive abajo se asomó por el agujero cuadrado. Ustedes todavía dormían. 
Yo no dormía, dijo la que pinta, que estaba al lado de ella en un almohadón azul. Me acababa de despertar y escuché que apenas llegó, el hombre empezó a preguntar. ¿Por qué hay tantas personas en el altillo? ¿Quiénes son estas mujeres? Lo vi que miraba para todos lados y volvió a preguntar, ¿Dónde están todas mis cosas que estaban guardadas acá? Las piedras, los yuyos, los libros, los astrolabios y las cajas adentro de cajas adentro de otras cajas.
Ahí fue cuando me desperté yo, dijo Cactus, y le dije que nosotras dos las habíamos ido sacando, y que si las quería podíamos traérselas. Y cuando dijo “nosotras dos” me miró a mí. 
Yo iba tomando nota de todo lo que decíamos. Me había sentado en una silla para estar más cómoda, con el cuaderno apoyado en una pierna y esa pierna cruzada en la otra. Al lado mío estaba la que hace chistes, que aunque se había sentado en el suelo, mucho no se quedaba quieta: mientras escuchaba jugaba haciendo contact con su esfera de cristal, la hacía rodar por un brazo hasta un hombro, la detenía en el encuentro con el cuello y atrapaba la esfera de cristal inclinando la cabeza contra el hombro, impulsaba la esfera para que descendiera rodando por su brazo, y las paredes blancas resplandecían un poco.
Mientras tanto yo contaba lo que le había dicho al hombre que vive abajo: que primero habíamos venido nosotras dos, y que después habían ido llegando ustedes cinco, y que ahora las siete tenemos este lugar para estar. 
La que lee libros de ingeniería y la que saca fotos estaban sentadas en un banco, y la que lee libros de ingeniería dijo: Claro, ahí me desperté yo, y le pregunté al hombre por qué había venido al altillo, qué necesitaba, por qué se había asomado temprano por el agujero cuadrado. 
Y el hombre nos dijo que quería guardar una cosa acá. Dijo que a él le gustaban las piedras y que tenía una roca grande, como de setenta kilos, de un mineral negro; cuarzo ahumado, obsidiana o turmalina. Dijo que no quería tenerla en su casa. 
Para hacernos una idea del tamaño de una piedra de obsidiana de setenta kilos, nos imaginamos setenta paquetes de arroz puestos juntos, aunque variara el volumen de un kilo de arroz a uno de obsidiana. El altillo no es muy grande y nosotras somos siete. 
La esfera de cristal descendía rodando por el brazo hasta la cara externa de la articulación del codo, donde el brazo es plano, y ahí se detenía, y después recibía un impulso nuevo hasta la mano. La esfera de cristal saltaba liviana de una mano a la otra, de una mano a la otra. Y la que saca fotos dijo, Bueno, ¿qué le decimos?
Dice Virginia Woolf que la obra de imaginación es como una tela de araña: está atada a la realidad, leve, muy levemente, pero atada a ella por las cuatro puntas. Dice Juan José Saer que la ficción no es necesariamente algo falso, sino que es otra forma de tratar la realidad, distinta de aquella que se basa en lo que puede comprobarse.
Sin que yo me diera cuenta, sin haberla construido de forma consciente, la realidad social había emergido en el altillo. El martes 17 de octubre cerré el texto al que ahora le crece esta especie de apéndice. En el mismo momento en que aparecía el cuerpo de Santiago Maldonado río arriba en la Pu Lof de Cushamen, también aparecía un cuerpo en esta ficción que escribo. El dueño del altillo y esa piedra negra que, como dicen las siete del altillo, intenta ser enquistada, habían surgido entre otras ideas sueltas unas semanas antes. Asombrosamente mientras escribía no vi que un bulto negro de setenta kilos no puede ser otra cosa que un cuerpo. Esta afirmación cercena cualquier otra clave de lectura, pero no sé si el presente nos permite leer otra cosa. Que se sepa la verdad de lo real; aunque son apenas elementos ingenuos de una ficción, soprende la forma en que la literatura por sí sola condensa, materializa.


ED 146 - 1/11/17