Altillo N°27

La que sabe de fotografía encontró un rollo sin revelar en un bolsillo de su mochila. Lo tenía en uno de esos tachitos cilíndricos de plástico con tapa a presión, color negro o blanco pero por lo general negros, donde venían los rollos de fotos. Hacía años que no usaba la cámara analógica. No sé qué hay en este rollo, dijo.
Nuestro altillo refractante no es el mejor lugar para hacer un cuarto oscuro, así que la que sabe de fotografía ocupó el espacio angosto de abajo, sin ventana: nos pidió que no fuéramos ni viniéramos y que nos quedáramos unas horas arriba. También bloqueó el agujero cuadrado en el techo de abajo, para que no le rebotara el blanco de las paredes. 
Ella preparó los químicos de olor penetrante, remojó el negativo en el revelador y el fijador, lavó el negativo, lo cortó, colgó las tiras para dejarlas secar, esperó que las imágenes latentes fueran haciéndose visibles. 
Después subió al altillo y proyectó las imágenes en una de las paredes blancas. Eran las fotos de un viaje por el Amazonas: siete días con trasbordos de Iquitos a Manaos. La selva en negativo era una maraña espesa color manteca, sobre la estela oscura del barco en el agua. Algunas personas miraban a la cámara con sus rostros fantasmales de tonos invertidos: las bocas claras, los cabellos claros, el fondo oscuro recortando el contorno. En un negativo apareció ella, la que sabe de foto. En otra imagen, en las hileras de hamacas que colgaban en la cubierta, sonreía un flaco de rulos casi blancos, con anteojos de sol como dos focos de luz. 
La que hace chistes dijo que lo conocía: que una vez lo había ido encontrando en Tilcara, en La Paz, en Coroico, en el Cusco. Él iba con otro haciendo música y primero tuvo guitarra, después tuvo charango y después una quena. 
La que sabe de fotografía y la que hace chistes coincidían viviendo en este altillo: a lo mejor ese negativo recién revelado, con el conocido de anteojos como dos focos de luz, era una de las cosas que las había traído acá, dijo otra de nosotras. 
Ellas no creyeron en la causalidad de un negativo, pero todas admitimos que algunas certezas nos habían traído hasta este lugar: algunas en las que todavía creíamos y otras que se habían ido perdiendo. 
Entonces dijimos algunas de esas cosas en las que habíamos creído, antes de que las cuatro paredes blancas las fueran borrando un poco. 
–Las certezas son creencias –dijo alguna de las otras seis. 
–¿Estás segura? –le preguntó otra. 


ED 150 - 29/11/17