Altillo N° 29

Hubo un día que no hicimos nada. 
La que amasa no se levantó temprano y no amasó, la que hace chistes no hizo chistes ni jugó con su esfera de cristal, la que lee libros de ingeniería no intentó leer sus libros, tampoco ella y la que pinta trataron de seguir arreglando la mesa, que no se bandeaba. La que pinta no pintó, la que sabe de fotografía no sacó fotos ni reveló rollos. Cactus nada. 
Nosotras no miramos el techo que cae en diagonal, no nos preguntamos por la fuerza que hacen la parte alta y la parte baja para sostener ese techo, ni cuál debería ser la fuerza justa.  
Tampoco miramos por la ventana la linda vista al valle. 
No subimos ni bajamos por el agujero cuadrado en el piso, que también es agujero cuadrado en el techo del espacio angosto de abajo, por donde no pasamos para ir y venir, ese día que hicimos nada. 
No nos preocupamos por la presencia del dueño en la parte vedada. 
Tampoco anduvimos afuera entre los espinillos y los molles. 
No nos sentamos en círculo. No tomamos ninguna decisión. No nos contamos cosas de nuestras vidas, no pensamos en la historia de este altillo en este valle. 
No sacamos los colchones cuando nos despertamos ni los volvimos a poner para dormir.
No nos encandilamos con el blanco de nuestras paredes, ni siquiera no nos fijamos en nuestras cuatro paredes blancas.
El blanco no borró ni no nos borró, tampoco resplandecía un poco. No se parecía al blanco de cuatro huesos limpios. 
No nos hicimos preguntas sobre nuestras vidas cuando nos vayamos, si es que alguna vez nos vamos yendo como fuimos llegando. 
El exceso se había vuelto espacio poco preciso. Otra vez veíamos el mundo replicado o invertido acá adentro: y el lenguaje del altillo aparecía como una psiquis arrasada por la violencia. 
Fue el mismo día que no convivimos acá la siete. 
Yo no dejé registro de nada.


ED 153 - 20/12/2017