El altillo: registro de una mirada oblicua

Siete chicas viven juntas en un altillo, con un agujero cuadrado en el piso y una ventana que da al valle. El altillo es un segmento ficcional que escribí en 2017 y que salía en el programa de radio El Desconcierto. En este artículo te cuento un poco más sobre su proceso de escritura.

Hay una que pinta, otra que lee libros de ingeniería, una que amasa el pan, está Cactus, hay otra que sabe de fotografía y está la que escribe. Desde una mirada en diagonal (como el techo que cae), la que narra expone el registro de (casi) todo lo que pasa, en el orden alterado de esa convivencia. El lenguaje aparece despojado, como las cuatro paredes blancas; pareciera que ahí adentro el sentido se borrara un poco. A lo mejor un día las siete se vayan yendo, así como fueron llegando. 

Apenas me recibí me fui a vivir a la sierra. Había estado todo el verano 2015/2016 en San Marcos Sierras, Córdoba. El 16 de marzo del 2016 defendí la tesis y para mediados de abril vivía sola en una casita a unos dos kilómetros de la plaza; así y todo, quería hacer algo.

En agosto empecé a escribir para El Desconcierto, programa de radio que conduce Quique Pesoa. Enviaba semanalmente un texto que el locutor leía al aire: eran unas cartas narradas desde un yo ficcional, que vivía con Cactus (de quien no se sabía más que su nombre, ni siquiera qué era) en un altillo recargado de cosas al pie de la sierra. El texto hibridaba ensayo, ficción, periodismo, incluía separadores y fragmentos de audios, y tenía una gran carga teórica: género, decolonialidad, lenguaje, temas que había trabajado en mi tesis de grado (de la que mi novela Ceremonia balumba formó parte). Yo le dedicaba mucho tiempo a leer y a escribir; algunos de los audios eran material propio, como el de Vandana Shiva, que estuvo en Córdoba junto a Marie-Monique Robin en 2016, en el acampe de resistencia a Monsanto en Malvinas Argentinas (Carta N° 6, audio disponible abajo) .

El segmento de Las cartas fue una instancia necesaria en el proceso creativo que dio lugar a El altillo. Podés escuchar algunos audios de archivo, emitidos en el programa.

Carta N° 5 – 07/09/2016
Carta N° 6 – 14/09/2016
Carta N° 9 – 05/10/2016
Carta N° 14 – 09/11/2016
Carta N° 15 – 16/11/2016

El altillo

En 2017 quise hacer otra cosa. Quise hacer ficción. El altillo se vacía de objetos y se puebla de personas: siete chicas que conviven, acomodándose en ese espacio reducido, poniendo y sacando los colchones para dormir. Hay una que pinta, otra que lee libros de ingeniería, una que amasa el pan, está Cactus, hay otra que sabe de fotografía y está la que escribe. Un relato para nada espectacular. Aparecieron las cuatro paredes blancas como metáfora del lenguaje (antes expresada en lo abigarrado), de la im/posibilidad de representar. Mantuve la narración en primera persona, el punto de vista extrañado y transversal, el trabajo en género y lenguaje (menos explícito, sin carga teórica, más en el modo de la literatura: decantado).

El altillo salió entre abril y diciembre del 2017; el conductor leía los textos que yo enviaba. Para que no se perdieran (literalmente) en el aire, modifiqué mi hasta entonces blog y construí cuadernosdejulia.com.ar, donde los fui subiendo. Son 29 relatos cortos, de entre dos mil y cuatro mil quinientos caracteres, pensados como unidades y secuenciados entre sí (aunque no planificados en forma de serie anual; eso le da una cierta frescura en la que pueden verse sus ciclos internos, en un proceso de descubrimiento de eso que hay ahí). Algunas coyunturas resuenan en el texto, a veces de forma intencional, a veces sin preverlo, como si fuera su propia vida desenvolviéndose; el femicidio de María Emma Córdoba en julio de 2017 (Altillo N° 13, disponible en audio y texto abajo) y la aparición del cuerpo de Santiago Maldonado en octubre de ese año (Altillo N° 25, disponible en audio y texto abajo) irrumpieron en mis escritos sin que yo pudiera controlarlo.

Te dejo algunos audios de archivo para que escuches, y más abajo, los textos de los Altillos N° 13 y N° 25.

Altillo N° 1 – 12/04/2017
Altillo N° 4 – 03/05/2017
Altillo N° 10 – 21/06/2017
Altillo N° 13 – 12/07/2017
Altillo N° 25 – 01/11/2017

Altillo N° 13

Estábamos las siete sentadas a la mesa y una de nosotras sacó un objeto redondo que reflejó el blanco de las paredes, como un chispazo en el centro del altillo. Qué tenés ahí, le preguntó una: entonces nos mostró y pudimos ver bien. Era una de esas esferas de vidrio llenas de agua con cositas que flotan, y que se vuelven tormenta de nieve en un paisaje apenas el agua se agita un poco. Una esfera de vidrio con una maqueta chiquita y una tormenta de nieve en potencia, como la que tenían tus abuelos en una repisa.

Adentro de esta esfera de vidrio había un árbol y una casa con dos amigas. La palabra precisa para decir lo que había adentro de la esfera es diorama: una representación tridimensional de una escena.

La nieve estaba casi quieta en el suelo, de mano en mano temblaba un poco. Nos fuimos pasando la esfera de vidrio que tenía adentro un diorama en miniatura de dos amigas y una casa. Una de nosotras dijo que parecía todo pintado a mano, entonces otra que estaba sentada enfrente quiso tomar la esfera de vidrio para ver. El movimiento brusco hizo caer la esfera de la mano que la sostenía y rodar por la superficie de la mesa: con esa misma facilidad, un varón irrumpe en un mundo y lo demuele. La tormenta blanca se desató adentro de la esfera de vidrio, que ahora estaba con la casa tumbada de lado. La que nos había mostrado el objeto frenó el movimiento de la esfera que rodaba, después la apoyó en la mesa, sobre su base de madera. De las amigas vivía una. La casa estaba destruida.

Quedábamos nosotras siete en este altillo que de alguna forma es como esa esfera de vidrio: una réplica en pequeño del mundo; una representación que nosotras tratamos de hacer y de deshacer, de un mundo fundado por otros. Mirábamos el diorama arrasado adentro de la esfera de cristal y la nieve asentándose despacio sobre ese paisaje.

No mucho después empezó la nieve acá adentro. Una de nosotras señaló, Está nevando, y las otras seis miramos también los copos que caían. Desde entonces sigue copiosa la nieve blanca que nos enfría los cuerpos. La nieve se desprende desde el techo en diagonal del altillo, se cuela abajo de la mesa, humedece los libros, nos moja los colchones, nos ablanda el pan, nos va poniendo lacios los ánimos a las siete que estamos vivas acá.

Altillo N° 25

Hubo una noche que nos sentamos en círculo y contamos historias: y después hubo otra noche que también nos sentamos en círculo. Había venido temprano el hombre que vive abajo: no en el espacio angosto que nosotras transitamos para ir y venir, sino en el lugar que está al lado, separado con un tabique de madera terciada. El dueño había venido a decirnos algo y nosotras teníamos que decidir qué hacíamos.

Y las siete decidimos que no, que ésta es nuestra casa. Dijimos que no queremos cosas enquistadas, porque no tenemos bisturí para sacarlas.

Cuando estábamos las siete sentadas había empezado a hablar la que amasa. Yo recién llegaba de vender el pan, dijo. Dejé la canasta en la mesa y el hombre que vive abajo se asomó por el agujero cuadrado. Ustedes todavía dormían.

Yo no dormía, dijo la que pinta, que estaba al lado de ella en un almohadón azul. Me acababa de despertar y escuché que apenas llegó, el hombre empezó a preguntar. ¿Por qué hay tantas personas en el altillo? ¿Quiénes son estas mujeres? Lo vi que miraba para todos lados y volvió a preguntar, ¿Dónde están todas mis cosas que estaban guardadas acá? Las piedras, los yuyos, los libros, los astrolabios y las cajas adentro de cajas adentro de otras cajas.

Ahí fue cuando me desperté yo, dijo Cactus, y le dije que nosotras dos las habíamos ido sacando, y que si las quería podíamos traérselas. Y cuando dijo “nosotras dos” me miró a mí.

Yo iba tomando nota de todo lo que decíamos. Me había sentado en una silla para estar más cómoda, con el cuaderno apoyado en una pierna y esa pierna cruzada en la otra. Al lado mío estaba la que hace chistes, que aunque se había sentado en el suelo, mucho no se quedaba quieta: mientras escuchaba jugaba haciendo contact con su esfera de cristal, la hacía rodar por un brazo hasta un hombro, la detenía en el encuentro con el cuello y atrapaba la esfera de cristal inclinando la cabeza contra el hombro, impulsaba la esfera para que descendiera rodando por su brazo, y las paredes blancas resplandecían un poco.

La que lee libros de ingeniería y la que saca fotos estaban sentadas en un banco, y la que lee libros de ingeniería dijo: Claro, ahí me desperté yo, y le pregunté al hombre por qué había venido al altillo, qué necesitaba, por qué se había asomado temprano por el agujero cuadrado.

Mientras tanto yo contaba lo que le había dicho al hombre que vive abajo: que primero habíamos venido nosotras dos, y que después habían ido llegando ustedes cinco, y que ahora las siete tenemos este lugar para estar.

Y el hombre nos dijo que quería guardar una cosa acá. Dijo que a él le gustaban las piedras y que tenía una roca grande, como de setenta kilos, de un mineral negro; cuarzo ahumado, obsidiana o turmalina. Dijo que no quería tenerla en su casa.

Para hacernos una idea del tamaño de una piedra de obsidiana de setenta kilos, nos imaginamos setenta paquetes de arroz puestos juntos, aunque variara el volumen de un kilo de arroz a uno de obsidiana. El altillo no es muy grande y nosotras somos siete.

La esfera de cristal descendía rodando por el brazo hasta la cara externa de la articulación del codo, donde el brazo es plano, y ahí se detenía, y después recibía un impulso nuevo hasta la mano. La esfera de cristal saltaba liviana de una mano a la otra, de una mano a la otra. Y la que saca fotos dijo, Bueno, ¿qué le decimos?

***

Dice Virginia Woolf que la obra de imaginación es como una tela de araña: está atada a la realidad, leve, muy levemente, pero atada a ella por las cuatro puntas. Dice Juan José Saer que la ficción no es necesariamente algo falso, sino que es otra forma de tratar la realidad, distinta de aquella que se basa en lo que puede comprobarse.

Sin que yo me diera cuenta, sin haberla construido de forma consciente, la realidad social había emergido en el altillo. El martes 17 de octubre cerré el texto al que ahora le crece esta especie de apéndice. En el mismo momento en que aparecía el cuerpo de Santiago Maldonado río arriba en la Pu Lof de Cushamen, también aparecía un cuerpo en esta ficción que escribo. El dueño del altillo y esa piedra negra que, como dicen las siete del altillo, intenta ser enquistada, habían surgido entre otras ideas sueltas unas semanas antes. Asombrosamente mientras escribía no vi que un bulto negro de setenta kilos no puede ser otra cosa que un cuerpo. Esta afirmación cercena cualquier otra clave de lectura, pero no sé si el presente nos permite leer otra cosa. Que se sepa la verdad de lo real; aunque son apenas elementos ingenuos de una ficción, soprende la forma en que la literatura por sí sola condensa, materializa.

Las cartas y El altillo permanecen inéditos.

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